miércoles, 11 de abril de 2012

París en un café

…Subí por el elevador delo hotel, deje mi maleta con el botones. Llegue al cuarto un poco exhausta,  no era precisamente grande pero tampoco pequeño, el tamaño ideal para ser acogedor, tome un baño y me dispuse a dormir. Desperté un tanto abrumada por los cambios de horario y las pesadillas cotidianas, mi estomago gruñía exigiéndome comida, pero no me sentía con humor de desayunar en el hotel, quería salir a alguno de eso cafés que se presume hay en cada esquina. Baje al lobby y pregunte por alguno de los mejores, tal vez con una pequeña librería, salí con las instrucciones  e iba caminando haciendo como que veía las lujosas tiendas con sus exhibidores llenos de abrigos, zapatos o cualquiera de esas innecesarias cosas que son inevitables comprar, pero siempre pensando en lo ocurrido… “-Creo que lo mejor  es dejar las cosas así. –Pero… ¿por qué? Yo te amo y lo sabes de sobra.” Había hecho una pausa la voz se me quebraba. “-No pongas esa cara, no me agrada, sonríe… Ni siquiera llores, sabes que te quiero. - ¿Para qué me dices eso? ¿Qué sentido tiene? Me estas dejando y nada de ello importa ahora, no me pidas que sonría cuando sabes que sin ti me es imposible…”
Recuerdo haber llorado, abrazándolo, rogando que no acabara, haciéndome añicos frente a él, claro que no hizo caso a ninguno de mis ruegos, se despidió con un beso dejándome derrumbada y sola, llorándole a su ausencia. Que tonta.
Un olor agradable a café y pan me distrajeron, lo seguí hasta un pequeño callejón, antiguo y agradable típico en París, olvide incluso a donde me dirigía cuando ahí en ese café lo vi por primera vez con su mirada indiferente absuelta en no sé qué libro, tenía una mueca un tanto obscura mientras fumaba un cigarrillo, con un café a un lado como su mejor amigo, era enigmático, de cierto modo capturo mi atención, vestido de negro con una camisa hasta el cuello, un blazer, y jeans, no era guapo como modelo de revista, pero atractivo de cierto modo, con un aire de despreocupación. Me quede viéndolo un rato y no sé si fue mi mirada fija en el que hizo que volteara o si de verdad llame su atención, pero nuestros ojos se cruzaron, me miro extrañamente como si me escaneara, escudriñando mi ser y déjenme les digo que lo logro y me erizo por completo, pasaron unos minutos así cuando por fin me dijo “¿Me harías compañía?” Tal vez me había visto de ese modo para ver que tan adecuada era para ocupar el lugar a su lado, pero yo, aletargada como estaba con la peculiaridad de aquel personaje, no atine a contestar más que asintiendo con la cabeza.
Tome asiento inmediatamente apenas obedeciendo a mis sentidos, el se río viendo la torpeza de mis movimientos al llegar, con mis ojos de plato, apenas creyendo que me había sentado al lado de un desconocido, y peor aún,  que ese desconocido me logro quitar el habla; se volteo hacia mi
-¿Mon beau, que ocurre acaso un ratoncillo le ha comido la lengua?
Reí  nerviosamente
-No, afortunadamente mi lengua sigue en el mismo lugar (se la mostré un poco, como una chiquilla) y disculpa lo grosera que soy, me invitas a sentar y yo no mi nombre te digo, Alana, un gusto y… ¿tu?
Fue la primera vez que lo vi sonreír, una sonrisa blanca, prácticamente perfecta, totalmente distinta a la expresión con que lo vi al llegar y definitivamente aun  más cautivante
-Antoine….

Continua.

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